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  • MEDITACION DEL DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DEL 2017


    MEDITACION DEL DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DEL 2017

    La palabra de Dios en este domingo nos invita a meditar sobre la bondad y la misericordia de Dios, iniciando desde la primera lectura, en la que el pueblo israelita contempla el poder y la misericordia de Dios para con su pueblo. Luego en la segunda lectura San Pablo nos da unas orientaciones prácticas para que en la comunidad cristiana reine siempre el respeto mutuo y el amor. Los “fuertes de espíritu” tienen que ayudar a los “débiles” unos y otros deben atenerse a su propia conciencia y no condenar al que se comporta de manera distinta. Pues todos somos del Señor y nadie es esclavo del prójimo para que éste pueda juzgar y decidir sobre su vida. El Señor es el que juzga y a quien debemos atenernos tanto en la vida como en la muerte. A él sólo pertenecemos, ya que sólo él murió para destruir nuestra muerte y resucitó para darnos vida abundante.

    La pregunta de Pedro “cuántas veces tengo que perdonar” es un eco de aquello que nosotros decimos: “No aguanto más”, “ya está bien”, me estás tomando el pelo”, “esta es la gota que colma el vaso”.
    Pedro también quería fijar un techo al perdón, poner un límite, reglamentarlo. La contestación de “setenta veces siete” es decirnos que en el perdón nunca hay última vez, porque el perdón de Dios tampoco lo tiene.

    En esta parte del evangelio de Mateo hay alusiones claras a actitudes y valores que se han de vivir en la comunidad cristiana. Hoy concretamente nos habla del perdón, pero de un perdón vivido en comunidad. No es fácil convivir con otras personas, incluso en nuestras propias familias. A veces tenemos roces hasta con nuestros propios amigos. Y en cierta manera, entra dentro de lo normal, porque cada uno somos diferentes y tenemos nuestras particularidades. Pero el Señor nos invita a mirarnos con otros ojos, con ojos de hermanos y hermanas, a mirarnos con mirada fraterna.

    Esta mirada fraterna hacia el otro es la clave para entender esta invitación al perdón, porque la fraternidad pasa primero por la aceptación del otro tal y como es. Pero, ¡ojo! Eso no significa que se lo tengamos que consentir todo. Para eso existe la corrección fraterna que, como su propio nombre indica, es corregir a un hermano o a una hermana, corrección fraterna es también decirle y hacerle ver los errores. Pero con la misma misericordia y ternura con la que nos gustaría que nos corrigieran a nosotros. Y con el mismo amor con que nos corrige y perdona Dios.

    Y es que la aceptación es la base para empezar a querer al otro y reconocerlo como hermano y hermana y desde ahí se puede entender el perdón como un valor evangélico y comunitario que el Señor nos invita a vivir entre nosotros. Que los roces que surgen en nuestras relaciones familiares, amistosas y comunitarias puedan pasar por el filtro del perdón para que todos podamos crecer y vivir felices unos con otros. Ese es el gran objetivo que Dios tiene para nosotros: la felicidad, la felicidad en su más amplio significado, esa felicidad que nos hace vivir serenos.

    Por otro lado, el perdón y la aceptación del otro como un hermano o hermana, llevará también a la aceptación de criterios diversos en el modo de pensar o de actuar en la vida y dentro de ella también en aspectos relativos al tema religioso y a nuestra manera de vivirlo. San Pablo intenta educar a su comunidad para que nadie imponga a otro su visión, es más, invita a respetar la relación personal que cada miembro de la comunidad mantiene con Dios. Pero, eso sí, asegurando unas bases comunes, en este caso, que toda nuestra vida y lógicamente también nuestra muerte, están orientadas y acompañadas por Jesucristo muerto y resucitado. Dice Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos”.

    Jesús resucitado, señor de vivos y muertos, vivo y presente en medio de nosotros, es el que anima nuestra fe y nuestra vida comunitaria. Él dio su vida por nosotros y nos hermanó a todos consigo. Por eso nuestra fe es comunitaria y cada persona es un hermano y hermana con el que vivir y compartir esa fe, y los valores que el evangelio nos propone, en este caso, el perdón.

    Perdonar es el inicio, perdonar es el comenzar de una nueva historia entre hermanos y hermanas, donde no hay quien tuvo la culpa, ni echarse en cara cosas viejas, es el resucitar de dos corazones atrofiados por el odio y el rencor.

    Perdonar implica sanar el alma y el cuerpo, porque cuando estas bien con el espíritu está bien todo tu ser.

    Si quieres ser realmente feliz, perdona! Así sea. Amen!


     


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