St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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MEDITACION DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO


MEDITACION DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Hoy iniciamos un nuevo Adviento, un tiempo de esperanza, un recorrido espiritual, interior, para vivir con intensidad la presencia de Dios en medio de todos nosotros. El Adviento nos prepara, nos ayuda a tomar conciencia, a romper el ritmo ordinario y ponernos en alerta, en vigilancia, porque Dios va a venir a nuestras vidas una vez más, a ver si de una vez por todas consigue penetrar en nuestros corazónes.
De aquí que, la primera invitación del Adviento es a la vigilancia, esta tiene que ser una vigilancia activa, que va dando calidad a lo que hacemos cada día, como miembros activos y muy concientes de una sociedad que necesita de nosotros.
Velar es la mejor manera para trabajar con nuestra vida interior, purificando nuestro corazón y limpiándolo de todo tipo de mal, para que asi realmente Dios pueda nacer, pueda entrar en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas, pueda realmente invadir con su amor y ternura toda nuestra sociedad.
A este punto, vale la pena preguntarnos ¿Por qué velar? ¿por qué estar atentos? La razón primera es nuestra confianza en Dios. Así lo afirma la Sagrada Escritura: “Tu Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tus manos”.
Esa confianza en nuestro Dios, nace de un ser concientes de su infinito amor y misericordia y ese ser concientes de su amor, nace, crese y da frutos gracias a la fe, ese don maravilloso que es la fe, a la cual la tenemos que alimentar con la oración y con nuestra vida de verdaderos cristianos.
Confiamos en Dios porque creemos en El, por que El hará brillar su rostro y nos salvará, El será nuestro Pastor, El cuidará y protejerá su viña, para que nuestra mirada esté fija en el y nuestros corazones se regocijen en Dios nuestro Salvador, porque tenemos la certeza de que El es nuestro camino, El es nuestra guía y nuestra gran esperanza.
Velamos porque confiamos, confiamos porque creemos y creemos porque somos personas de esperanza, porque no nos conformamos, ni queremos dejar las cosas como están. Velar, en el fondo, es esperar, pero una espera activa, una espera de conversión, de ser conscientes de nuestros errores, de nuestras devilidades, de nuestros pecados, y ponerles remedio, no sea que el Señor venga inesperadamente y nos encuentre dormidos.
Si esto lo aplicamos a la situación actual en la que vivimos, necesitamos un santo Adviento para que se haga presente una nueva realidad, y la vigilancia es la actitud fundamental. El evangelio insiste: “Miren, vigilen…lo que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡velen!”. Si permanecemos dormidos, no tenemos futuro y no seremos en grado de dar frutos.
Este tiempo es propicio para intensificar nuestra relación con Dios, como exige nuestra vocación cristiana, para que nuestras comunidades sean más vivas. ¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras, nos dice el profeta Isaías porque jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera y pone su confianza en Ti!
A pesar de todo el mal que existe en el mundo, a pesar de tanta indiferencia, a pesar de tantos hombres y mujeres que viven esclavos del egoismo, de la hipocresica y el desamor, nosotros seguiremos siendo luz y seguiremos proclamanmdo tu Santo Nombre de generación en generación, seguiremos diciendo con el Salmo: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor que Dios tiene para la vida, no a la muerte, no a la destrucción.

Devemos estar más atentos a su venida, porque El vine a nuestras vidas, a nuestras comuinidades cristianas, vivir más atentos al hambre y sed de nuestra sociedad. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Por eso nuestra vigilancia pasa necesariamente por una escucha más atenta de la Palabra de Dios, una vivencia activa de los sacramentos y un ejercicio práctico y esperanzador de la caridad hacia los hermanos y hermanas que más sufren.
Trabajemos junto a Dios para hacer un mundo mejor y para buscar el bienestar legítimo. Sabemos que Jesús de Nazaret nos ha pedido que colaboremos con Dios Padre, con la Trinidad, en la redención de todas las almas.
La espera, que hoy nos pide el Santo Evangelio es un tiempo en el cual hagamos mejor nuestro trabajo, mejoremos nuestras relaciones, amando a Dios sobre todas las cosas y que ese mismo amor dirigido a los hermanos y hermanas nos lleve a entregarnos al servicio del Señor y su Iglesia sin reservas. Despojémonos de todos los viejos hábitos, del viejo traje, para revestirnos de la gran esperanza de la llegada del Salvador del Mundo.
En este Adviento, tenemos mucho que esperar y mucho que hacer. Dios nos brinda de nuevo la oportunidad de esperarle, de acogerle en nuestros corazones y permitirle entrar en nuestras vidas.
En cada Eucaristía que celebramos se hace presente la Navidad, porque Dios “baja”, Dios viene a nosotros, se encarna, se hace uno de nosotros, se hace pan y alimento, para no desfallecer por los caminos de la vida, para que no perdamos la esperanza.
Que nuestra comunidad de San Pablo de Roma, sea un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas al sufrimiento y sin ignorar lo que pasa al nuestro alrededor. Amén.


 

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