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MEDITACION DEL DOMINGO 9 DE JULIO DEL 2017


MEDITACION DEL DOMINGO 9 DE JULIO DEL 2017

En el antiguo testamento, por medio del profeta Zacarías, el Señor le dice a su pueblo que se alegre, que cante, porque Él viene hasta ellos, justo y victorioso. No viene hasta ellos montado en caballos de guerra, ni en un carro armado. Este rey manso y humilde destruirá sin violencia los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, los arcos guerreros. Vendrá, en definitiva, como una persona sencilla, humilde, mansa, pero que, con la fuerza de Dios, dictará la paz a las naciones, dominará de mar a mar, del Gran Río hasta el confín de la tierra.
Por su parte, San Pablo, nos da la clave para entender el poder de la gente débil, de la gente sencilla, de la gente mansa y humilde. No es la fuerza del cuerpo, sino la fuerza del Espíritu de Dios la que puede hacer fuertes a los débiles y vencedores a los vencidos. Basta con que el Espíritu de Dios habite en nosotros, el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, porque este Espíritu vivificará nuestros cuerpos mortales, por el mismo espíritu que habita en nosotros.
Sí, vivimos esclavos de nuestros egoísmos vamos a la muerte; pero si vivimos con el Espíritu y damos muerte a las obras malas viviremos.
Hoy nos toca pedir a Dios que nos haga gente sencilla, de corazón puro y de ojos limpios. La soberbia, la prepotencia, la arrogancia, la confianza en nuestras propias fuerzas, no nos van a llevar ni hasta Dios, ni a los hermanos. Si, por el contrario, somos gente sencilla, de corazón puro, de intención recta y de manos generosas, seguro que nuestro Maestro podrá dar gracias a Dios, su Padre, porque nuestro corazón sencillo está lleno de Dios y él nos ha dado la verdadera felicidad.
El evangelio de este domingo nos presenta una bella oración de Jesús, en la que da gracias a Dios por la gran sabiduría y entendimiento de la gente sencilla. Ellos, no se podía fiar de su dinero, ni de su poder, porque no lo tenían, ni de su ciencia humana, porque no habían tenido tiempo, ni posibilidades de estudiar. Se fiaron antes del Bautista y se fiaban ahora de Jesús, porque veían en él la gracia de Dios, veían en Él el poder de Dios, porque le veían manso y humilde, misericordioso y compasivo, lento a la ira y siempre dispuesto al perdón.
En este Maestro, Hijo de Dios, podían ellos descargar sus penas, depositar las tristezas de su corazón, con la certeza de que quedarían aliviados y con el alma en paz. Sí, ahora Jesús le daba gracias a su Padre por esta gente sencilla, gente de corazón puro y de ojos limpios.
Debemos alegrarnos con Jesús por la llegada del Evangelio a los más pequeños y trabajar para que esto sea posible. Quienes han sido despojados de su dignidad, de sus derechos a la vida y de tantas cosas elementales, de la posibilidad de levantar su voz para indicar su presencia, ahora son beneficiados porque les llega el Evangelio. Jesús convoca a quienes se sienten cansados, agobiados, deprimidos… Preciosa y muy necesaria invitación en estos tiempos, en que cada vez más personas se sienten defraudadas, engañadas en sus esperanzas, estafadas y desanimadas. Somos invitados a “engancharnos” en la obra de Jesús. Permitamos que Jesús nos revele al Padre, el Dios de la vida. Ir conociendo a Dios en la escuela de Jesús es una experiencia liberadora, que nos impulsa a actuar en el espíritu del Evangelio. No es una experiencia facilona, al estilo de “deje de sufrir”, o cualquiera de las múltiples ofertas que prometen soluciones y curas mágicas para todos los males. El criterio no es la solución milagrera de todos los males, sino la opción de Jesús por los más pequeños, excluidos y débiles de la sociedad. La relación vital con Jesús nos facilita ver, sentir y actuar con responsabilidad en medio de las cruces de nuestro tiempo. El Señor nos anima a colaborar en la transformación de las situaciones de pecado y muerte en situaciones de esperanza y vida.
Aprended de mí.- Muchas veces los evangelistas nos presentan a Jesús en oración. En ocasiones, como en este pasaje evangélico, nos refieren el contenido de su plegaria. El Señor, también en esto, es nuestro modelo. Lo primero que podemos aprender de su oración es la frecuencia en hacerla. Por eso también nosotros hemos de orar a menudo, elevar nuestro corazón hasta Dios, para hablarle con sencillez y confianza, con humildad y constancia, y pedirle cuanto necesitemos, o cuanto necesitan los demás, en especial esos que se encomiendan a nuestras oraciones, o por los que tenemos más obligación de rezar.
Y, además de pedir, también agradecer.
Son tantos los beneficios que nuestro Padre Dios nos otorga, que deberíamos estar siempre dándole gracias desde lo más íntimo de nuestro ser. Por otra parte, la oración de gratitud es la más agradable a los ojos de Dios. En ella proclamamos su bondad y su soberanía, reconocemos que cuanto tenemos, de Él lo hemos recibido y a Él hemos de consagrarlo.
Parece un contrasentido lo que en esta ocasión dijo Jesús. Resulta que los sabios no entenderán nada. Quizá sepan explicar el porqué de muchas cuestiones, relacionadas incluso con el misterio de Dios, pero en realidad no llegarán a comprenderlas, a descubrir el profundo sentido que arrebata el espíritu y lo eleva sobre todo lo material. En cambio, la gente humilde y sencilla descubre el poder y el amor de Dios, es partícipe de los más grandes misterios que nunca, por sus solas fuerzas, puede alcanzar el hombre. Así lo ha querido Dios. Ojalá sepamos reconocer nuestra pequeñez y limitación, ojalá seamos sencillos y humildes. Sólo entonces descubriremos la grandeza del Señor, y experimentaremos la dicha de amarlo.
Jesús se pone como modelo y confiesa con llaneza y claridad su mansedumbre y su humildad. Aprended de mí, nos dice. Si conseguimos aprender esa primera y sencilla lección de Jesucristo, hallaremos el descanso y la paz. Todo será entonces soportable, hasta la mayor preocupación y el más grande agobio se disipará y solo así seremos en grado de caminar por los senderos de la vida en paz con Dios, en paz con nuestro prójimo y en paz con nosotros mismos.
Así sea, AMEN!!!


 

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