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MEDITACION DEL DOMINGO 23 DE ABRIL DEL 2017

TOMAS EL INCREDULO
MEDITACION DEL DOMINGO 23 DE ABRIL DEL 2017

Durante los próximos 50 días, esto es hasta la gran fiesta de Pentecostés, vamos a celebrar un único acontecimiento: la Pascua de Jesús. Su resurrección desencadena una serie de acontecimientos que se suceden simultáneamente. Se aparece a sus discípulos, les da el Espíritu Santo, los envía a predicar, nace la Iglesia, sube al cielo… Todo esto se desencadena desde el encuentro con Jesús resucitado que se pone en medio de sus discípulos cada ocho días, cada domingo.
Desde entonces la Iglesia, la comunidad de los discípulos del resucitado, celebramos la Pascua cada domingo. El venir aquí no tendría ningún sentido si no es para encontrarnos con el Resucitado y con los hermanos y hermanas de la comunidad, porque es en la comunidad que se manifiestan los dones del Jesús resucitado.
La Eucaristía es el momento en que nos reunimos, escuchamos su Palabra y partimos el Pan con alegría. Pero esta celebración no termina aquí, tenemos que ser capaces de salir al mundo a compartir con los demás el inmenso gozo de vivir en la presencia del Cristo Resucitado, tenemos que llevar esta alegría a los que más lo necesitan, a los pobres, a los enfermos, a las familias que están pasando por momentos difíciles, a los jóvenes que no encuentran quien les de una palabra de orientación a todos los hambrientos del pan y la palabra de Jesús.
La vida y el mundo en el que vivimos serían mucho mejores si fuéramos más capaces de compartir lo que aquí celebramos y vivimos. Si miramos a la primera comunidad cristiana, leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles (lectura muy recomendada para este tiempo de Pascua), nos daremos cuenta de que había dos cosas muy importantes para ellos: celebrar juntos su fe y atender a los que sufren y a los pobres. Eso les distinguía dentro de la sociedad en la que vivían, y también les daba identidad y les ayudaba a permanecer unidos.
Esos gestos de amor y solidaridad hacia los demás eran gestos de fe que ayudaban a las demás personas a reconocer al Señor Resucitado en la vida, en sus vidas. Por eso se iban agregando al grupo. No porque les cayeran mejor o peor, sino por el encuentro con el Resucitado.
Porque ¿dónde mejor para encontrarnos con el Resucitado que tocando las cicatrices del sufrimiento y el dolor como Tomás? Jesús se pasó toda su vida pública “tocando” el sufrimiento, tocando a personas heridas, enfermas, marginadas, pobres, pecadoras… Y ahora es a Él al que podemos tocar y encontrar en ellas, con nuestra cercanía y con nuestra solidaridad. Ahí encontraremos al Resucitado, esa será nuestra Galilea, donde realmente encontraremos a Cristo y luego necesitaremos volver aquí, a la comunidad, a contarlo y compartirlo y a celebrarlo con alegría.
El Señor nos tocará también a nosotros y nos quitará el miedo y nos dará su paz. La paz del Resucitado nos hará nacer de nuevo. “Bendito sea Dios que… por la resurrección de Jesucristo… nos ha hecho nacer de nuevo”. El agua que hemos recibido sobre nuestras cabezas en nuestro Bautismo nos ha hecho renacer como personas nuevas, renovadas, resucitadas, con una fe que ha ido creciendo con el paso del tiempo y que nos hace “ver” y “sentir” al Resucitado acompañando nuestras vidas.
Jesús le dijo a Tomas: “dichosos los que crean sin haber visto”. Y San Pedro nos dice: “No has visto a Jesucristo, y lo amas; no lo ves y crees en él…”. La resurrección de Jesús nos hace fuertes en la fe y en la vida, nos da esperanza y alegría, y nos ayuda a “ver” con otros ojos las señales del Resucitado, que sigue actuando, bendiciéndonos y acompañándonos cada momento de nuestras vidas.
Es esta fe en el resucitado la que nos hace salir de la noche en la que: Judas salió a traicionar a Jesús. Porque también era de noche cuando Nicodemo fue a hablar con Jesús.
Era de noche cuando José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo del Señor.
Era apenas anochecido cuando Jesús se aparece a sus discípulos juntos.
Al anochecer de aquel día, porque había anochecido en los corazones de los apóstoles por el miedo. La tristeza había invadido sus existencias porque cuando Jesús más los necesitaba “todos le abandonaron y huyeron”.
Al anochecer aquellos pobres hombres estaban encerrados, cabizbajos, paralizados, sin dar un paso en busca del Señor y el gran milagro de la misericordia de Dios se hace presente de nuevo, es el Señor el que los busca, entra, y se pone en medio de ellos.
La fidelidad a Jesús produce alegría. La primera Carta de Pedro, nos dice que el seguimiento de Jesús es vivido con alegría aun en medio de nuestros sufrimientos, problemas y dificultades.
Queridos en Cristo, que la Pascua sea un tiempo en el que aprendamos a “mirar”, que sepamos encontrar al Resucitado y seamos capaces de leer sus signos en nuestra vida diaria, signos tales como: la paz, el Espíritu, el perdón, la comunión de bienes, la vida comunitaria, el amor entre los hermanos, la solidaridad, el compartir, la cercanía con los pobres y los que sufren… y sobre todo “al partir el Pan”, su Pan, su Cuerpo resucitado y entregado por nosotros.
El Señor se pone hoy, de nuevo, en medio de nosotros, para que nos encontremos con Él y como en aquel entonces dijo a sus discípulos, hoy también nos lo dice a nosotros: “Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío a ustedes”. Vayamos con la fuerza del que todo lo puede y de su Espíritu y compartamos con todos la inmensa alegría del Cristo Resucitado. AMEN!


 

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