St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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SERMON DEL 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2016

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AUDIO: https://drive.google.com/file/d/0Bwive7fjcLpWSFJjejdMclB5TEE/view?usp=sharing

San Pablo en la Primera Carta a Timoteo nos invita y anima a la práctica de las virtudes que tienen que caracterizar a un verdadero cristiano, tales como: la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la delicadeza.
Es curioso y muy importante ver que la primera de todas es la justicia. Porque queridos hermanos y hermanas, no existe caridad sin justicia, la piedad separada de la justicia es falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta….
La liturgia de la palabra hoy denuncia la inmensa desigualdad y el injusto reparto de las riquezas que es mayor cada día en todo el mundo.
Los bienes han sido creados por Dios para que puedan ser disfrutados por todos sus hijos e hijas. Si en alguna parte del mundo hay hambre, entonces nuestra celebración de la Eucaristía queda de algún modo incompleta. No podemos recibir dignamente el pan de Vida si al mismo tiempo no damos pan para que vivan aquellos que lo necesitan, sean quienes sean y estén donde estén.
Cabe preguntarnos: ¿A qué me comprometo yo, a que te comprometes tú, cuando recibimos la Sagrada Comunión?
Ojalá seamos nosotros tan generosos con Jesús, como El lo es con nosotros.
Jesús actuaba y hablaba con plena franqueza, decía con libertad lo que tenía que decir, tanto a los de arriba como a los de abajo, tanto a los ricos como a los pobres. En muchas ocasiones sus palabras agitan nuestro espíritu, en otras interrogan nuestro duro corazón, ese corazón de piedra que muchas de las veces no nos deja ser verdaderamente libres.
Jesús hoy en el Evangelio nos habla del premio pero también del castigo. Nos refiere cuán grande es el amor y la misericordia del Padre, pero nos advierte también cuán terrible es su ira y su eterno castigo. Él nos quiere transmitir la verdad, esa verdad que al mismo tiempo nos hace libres y nos redime, esa vedad que nos saca del fango y nos hace vivir con dignidad, nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios.
Hoy nos habla el Señor de aquel ricachón que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, que sobrevivía de las migajas que se caían de la mesa del epulón. El hombre rico estaba tan abismado, tan ocupado en sus negocios y en sus ambiciones que no era capaz de mirar un poquito más allá de su nariz, viviendo de esta manera no podía ver la miseria que rodeaba su grandeza.
Pero la muerte, certera fin de todo ser humano, pone al mismo nivel al poderoso y al débil, al rico y al pobre. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en un simple hueco cavado en la tierra. Sin embargo, tanto uno como el otro fueron comida de los gusanos. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados de todo volvieron a ella y ahí terminaba su historia terrena, pero como no somos únicamente cuerpo, qué será de nuestra alma inmortal?
El tribunal de Dios no admite componendas, no existe dinero ni riqueza, la justicia de Dios no hace distinciones entre ricos y pobres. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia.
Aquel que en su abundancia se olvidó de la necesidad ajena fue arrojado al tormento eterno (infierno), el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza fue llevado por los ángeles al descanso y a la paz, así nos dice la Santa Escritura.
Como podemos ver, este Evangelio no está tan lejos de nuestra realidad, ya que el triste drama del hambre sigue siendo una lacra que arrastramos sin solución y seguimos rodeados de “lázaros” que, con suerte, comen de las migajas que caen de nuestras mesas. El Evangelio enlaza la riqueza en esta vida con la desgracia en la otra, y al revés, el sufrimiento en esta vida con la felicidad en la otra. Pero el plan de Dios va más allá. El plan de Dios es la felicidad de todos, también aquí en la tierra.
San Pablo le dice a Timoteo: “Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna…”.
La Eucaristía que celebramos cada domingo es un encuentro con el Dios de los débiles, de los pobres, de los que sufren. Compartir el pan y el vino, que son el cuerpo y la sangre de Jesús, es un adelanto del gran proyecto del Reino de Dios para todos nosotros, donde nadie será más que nadie, y habrá de todo para todos.
Que este relato del drama de la triste incomunicación del “rico glotón” nos haga comprender que el camino de la felicidad en este mundo y de la felicidad eterna pasa necesariamente por el compartir todos los bienes que gratis hemos recibido de Dios. Por tanto el rostro de Dios se descubre en el rostro de los niños que sufren el hambre, en el rostro de los niños que sufren las guerra fruto del inmenso egoísmo de los potentes, el rostro de Dios se descubre en los desplazados, en los emigrantes, el rostro de Dios se descubre en los ancianos abandonados, en los enfermos y recuerden siempre, que lo que hicimos con uno de ellos lo hicimos con Dios. AMEN!!!


 

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