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Meditación del Tercer Domingo de Pascua

pescamila (1)
Meditación del Tercer domingo de Pascua.

En la visión apocalíptica de Juan, nos viene descrito a quien tiene que ir toda nuestra alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos. Al que está sentado en el trono y al Cordero. Juan con su visión, quiere dar la certeza a los hombres y mujeres de todos los tiempos, que ha pesar de toda persecución, maldad e injusticia, el único que triunfará y reinará para siempre será el Cordero degollado.
Estas palabras también para nosotros son muy actuales, en medio de tanta injusticia, desamor y maldad, la palabra de Dios nos invita a no perder la esperanza, porque el Cordero, Cristo Jesús, triunfará sobre todos sus enemigos. Cristo murió, pero resucitó y está sentado a la derecha de Dios Padre. Desde el cielo Cristo nos va a ayudar siempre a vencer todo tipo de dificultad.
Pero si, tenemos que ser coherentes y valientes. Hemos de hacer realidad en nuestra vida aquello que a los Apóstoles les causó la cárcel, pero que les dio la verdadera paz y felicidad que vienen de Dios: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. El Señor habla, sigue hablando y a cada uno en particular nos pide cosas concretas a través de las mil circunstancias de la vida ordinaria.
Hace dos domingo hemos celebrado la pascua de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, cada uno de nosotros hemos sido testigos de su resurrección y lo podemos experimentar vivo y presente cada vez que participamos a la Santa Eucaristía, lo experimentamos vivo en cada persona, en cada hermano y hermana, especialmente en los más necesitados, lo experimentamos vivo en cada situación de la vida cotidiana. Porque Jesús está aquí y sigue actuando en nuestra vida, está presente entre las personas y sigue tocándonos el corazón y cambiando nuestras vidas, en la medida que le dejemos.
Para llenar nuestra vida del amor incondicional del resucitado, cada uno de nosotros ha de tener su propia experiencia de encuentro personal, como lo que le sucedió a Paulo en el camino de Damasco. Así, nuestra fe nos llevará a ser testimonios verdaderos y ha luchar con todas nuestras fuerzas y sin miedo a nada, contra todo el mal de este mundo.
Hoy Jesús también nos ha preparado la mesa, nuestro alimento esta listo. Jesús también hoy nos sienta a la mesa y nos pide “de lo que hemos pescado, de lo que tenemos”, para que Él lo multiplique para el bien de toda la humanidad. Porque recordemos siempre, cuanto amor recibimos, tanto amor tenemos que dar.
Todo lo que hagamos en nombre de Dios y por amor al prójimo debe repercutir necesariamente en el bien de nuestro prójimo. A Jesús le llamamos el príncipe de la paz, el justo, el amor supremo; pero cuando nuestras acciones no buscan la paz, la justicia, el amor, no podemos decir que estamos actuando en nombre de Dios.
Hoy Jesús sigue muriendo en muchos hombres, mujeres y niños, de cuyas muertes son responsables los que detentan el poder. Personas que han hecho una opción por la cultura de la exclusión y de la muerte.
Contra este proyecto de maldad tenemos que construir el gran proyecto de amor, que a nadie le falte amor, afecto y comprensión, que todos tengan lo necesario para vivir. Jesús nos invita a su mesa para que en todas las mesas haya pan y sea Él el alimento espiritual para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. AMEN.


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