St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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MEDITACION DEL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

albero viola
EL DIOS DE LA MICERICORDIA
Yahvé sigue siendo el Dios de las promesas y de la historia, el que marcha delante de su pueblo hacia nuevas fronteras y hacia nuevos retos, el que siempre espera el regreso a casa de su pueblo de sus hijos perdidos. Por eso, la celebración de la pascua debe recordarnos a cada uno de nosotros que no debemos instalarnos nunca si no queremos caer en nuevas esclavitudes.
La Iglesia, por medio de la liturgia nos va recordando las diversas etapas de la Historia de la salvación, la historia de los amores de Dios para con su pueblo. Quiere así despertarnos del sueño de nuestro vivir rutinario, quiere actualizar en nosotros esos acontecimientos que nos pertenecen, que son el pasado de nuestra misma historia, el pasado que nos habla del futuro, el cual lo construimos juntos aquí y ahora.
Se acerca la Pascua, la que realmente nos libra, la que nos libera de la más terrible esclavitud, la del pecado. Ante esa liberación que ya estamos pregustando, ha de nacer en nuestro corazón un canto de gratitud, un deseo de pagar con amor tanto amor que Dios nos ha dado y nos continua a dar, día a día.
Cuando nosotros en nuestra pobreza comenzamos a comer del fruto de la tierra, el pan y el vino, dio inicio a un nuevo género de vida. El maná ya no cae más del cielo, ahora es el mismo Dios que nos ha dado su propio hijo como nuestro alimento espiritual.
Pero después de todo, el ser humano sigue pendiente del cielo, de la dirección del viento, del pasar de las nubes, de la lluvia temprana y de la lluvia tardía, que irán haciendo posible el sencillo milagro del vivir día tras día.
Nuestro Señor no se preocupó de las críticas. Él ha venido a salvar lo que estaba perdido, a curar a los que estaban enfermos, a redimir a los pecadores. De muchas maneras Jesús, a lo largo de su vida pública, explica el porqué de su conducta.
Las parábolas que hablan de la misericordia divina son numerosas y emotivas. Pero de entre todas, sobresale por su belleza y ternura la que contemplamos hoy en la liturgia de la Palabra, la del hijo pródigo.
La parábola del “Hijo Pródigo” tiene un protagonista principal: no es el hijo pecador que se aleja, no es el hermano mayor que no sabe nada de cariño y de perdón, es el padre que perdona….
Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de su pecado. En la parábola del Padre misericordioso, es el mismo Dios que nos salva por medio de Cristo y todo por amor, no por nuestros méritos. Esta idea San Pablo la repite siempre: no son nuestras obras, sino el amor de Dios el que nos salva. Esto es lo que también deberíamos hacer nosotros, con amor y por amor perdonar a nuestro prójimo.
Si somos de Cristo, debemos actuar como criaturas nuevas. La conversión cuaresmal nos exige precisamente esto: que nos reconciliemos con Dios por amor y que, por amor, nos reconciliemos con nuestro prójimo.
Acojamos con alegría el inmenso amor de Dios y su misericordia. Tengamos una auténtica relación filial con Él; relación de hijos, de un Dios que nos quiere a pesar de nuestros errores, pero que nos pide un gran esfuerzo para vivir según su ley, que es el amor.
Esa fiesta llena de alegría que el Padre celebra con su hijo “recuperado” es para nosotros la Santa Eucaristía. Que hoy, también nosotros seamos capaces de celebrar esta fiesta con la misma alegría, ya que celebramos el amor de Dios y su infinita misericordia hacia cada uno de nosotros. AMEN!


 

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