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IV Domingo de Adviento: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”

IV adviento
Con las maravillosas lecturas de hoy, nos damos cuenta de que Dios sigue fijándose en lo pequeño, lo hemos visto en la primera lectura y se nos lo repite en el Santo Evangelio, aquí vemos como se fija en una muchacha de Nazaret, en una adolescente que se asusta ante el proyecto que Dios tiene para ella, pero que lo afronta con una fortaleza de gigante.
De María hoy aprendemos que la fe en Dios tiene como consecuencia la atención caritativa a los más necesitados, en este caso expresada en su visita a su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista, que también está embarazada y que, como es mayor, necesita ayuda. Y María responde a la necesidad con su actitud de servicio.
Así es como el evangelio de hoy nos sumerge de lleno en el gran acontecimiento de todos los tiempos
En nuestra Navidad no hagamos mentirosa nuestra Fe.
Navidad, tiempo de felicitaciones, nos señala el camino por el que hay que ir deprisa para dar alegría y paz a todos los que lo necesitan.
Navidad tiempo de regalos, que lleven calor humano y no sean de cumplido. Regalos que alcancen a los que malviven en la cuneta del camino.
Navidad tiempo de paz que nos empuja a salir a los caminos a buscar con prisa a aquellos con los que no convivimos en paz.

Navidad de villancicos y alegría, de cantos y pandereta, no pueden ser alegres mientras nos crucemos por el camino con hombres y mujeres a los que pudimos consolar en su tristeza y no lo hicimos.
Pidamos a la Virgen del Camino, la que va deprisa a comunicar la Buena Nueva, que sepamos estos días y siempre comunicar la gran noticia de que Dios está con todos.
Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. ¡Qué bonita esta Bienaventuranza que Isabel le dedica a María! La fe de María la hace feliz, dichosa, bienaventurada.
La fe de María no fue una fe racional, nacida de una comprensión completa de las palabras del ángel, no, la fe de María fue una fe vivencial, nacida del amor y de la confianza en el Dios que le hablaba a través de su mensajero.
Así es siempre la fe verdadera, la que mueve montañas y la que hace milagros. La razón no entiende, por sí sola, el fuego creyente del corazón, porque la fe sin amor es una fe fría y extática. La fe que nos hace felices es la fe que brota del corazón creyente, como nos dijo Pascal: “la fe verdadera es la fe que se apoya en esas razones que tiene el corazón y que la razón no entiende”.
El reino mesiánico no es simplemente continuación o restauración del reino de David, sino la revelación del misterio de Dios y del último sentido de toda la historia. Dios está a nuestro favor y en este tiempo de gracia nos trae un mensaje lleno de esperanza en medio de la desesperanza en la que vivimos.

María, dispuesta a compartir y a servir, se puso en camino, y con buena marcha, al encuentro de Isabel. No iba a comprobar las señales anunciadas. Ni mucho menos para contar su experiencia extraordinaria movida por la vanidad.
Iba para estas tres cosas: para felicitar, para compartir y para servir. Iba, como se ve, movida solamente por el amor. Por eso tiene prisas, porque el amor es fuerza motriz.
Hoy pidámosle a María: ¡DÁNOS TU FE, MARIA! Para que Dios nazca en nosotros sin pedir nada a cambio y, sea nuestro corazón, una cálida cuna donde Jesús encuentre cobijo y consuelo.
¡DÁNOS TU FE, MARIA! Para que, en estas horas de santa tensión,
donde el cielo y la tierra juegan a juntarse podamos también nosotros hambrear el manjar de Amor que se sirve en Belén.
¡DÁNOS TU FE, MARIA! Para que no vacilemos ni en el amor ni en la fe Para que nos pongamos en camino hacia Aquel que viene Para que seamos heraldos de la Buena Noticia Para que, el Niño que quiere salir de tus entrañas, encuentre aquí y ahora hermanos y hermanas que le amen, le ayuden y le sigan.
¡DÁNOS TU FE, MARÍA! Sólo así, podremos vivir, celebrar cantar y festejar el encanto de la Navidad.
Sólo así, podremos conocer, sentir, vivir, amar, testimoniar y celebrar al DIOS que nace. Amén.


 

 

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