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NOV. 01 – FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

TODOS LOS SANTOS
¡Alégrese el cielo y exulte la tierra!
Queridos hermanos y hermanas, hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra, por tanto en este mundo no estamos solos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo.
El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.
La liturgia de este domingo nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una muchedumbre innumerable.
Toda la liturgia odierna nos exhorta a elevar nuestra mirada. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino que también están los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento de Dios.
Al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, tine que suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, felices por vivir en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.
Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades.

Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, para dar abundante fruto. Quien se fia en el amor de Dios sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la verdadera vida. La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, pasa siempre por el camino de la renuncia y del sacrificio.
Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y hasta martirios. Pero a pesar de todo han perseverado en su entrega, “han pasado por la gran tribulación. Sus nombres están escritos en el libro de la vida, su morada eterna es el Paraíso”.
El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza infinita para el hombre y la mujer es vivir lejos de Dios, es vivir en la sombra, negando la luz de Dios.
El apóstol san Juan dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.
Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también a nuestro semejantes.

Amar implica siempre un acto de renuncia a sí mismo, amar implica “perderse a sí mismos”, y precisamente es esto lo que nos da la verdadera felicidad.
Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.
En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasará por el ojo de una aguja; con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial.
Queridos hermanos y hermanas, entramos ahora en el corazón de la celebración eucarística, estímulo y alimento de santidad. Dentro de poco se hará presente del modo más elevado Cristo, la vid verdadera, a la que, como sarmientos, se encuentran unidos los fieles que están en la tierra y los santos del cielo. Así será más íntima la comunión de la Iglesia peregrinante en el mundo con la Iglesia triunfante en la gloria.
Los santos son para nosotros amigos y modelos de vida.
Invoquémoslos para que nos ayuden a imitarlos y esforcémonos por responder con generosidad, como hicieron ellos, a la llamada divina.
Invoquemos en especial a María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles discípulos de su hijo Jesucristo. Amén.


 

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