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Octubre 18-2015 / INVITACION A CONTRUIR “la civilización del amor”

paisale giallo
Vino a servir a todos y dar su vida por todos. En lo que piden los hijos de Zebedeo se refleja la parte humana de la Iglesia y la pobreza de nuestra devil naturaleza humana.
No sabían lo que pedían, pues precisamente poco antes había hecho Jesús el anuncio de su pasión y muerte. Sospechaban, pues habían visto los signos que realizaba, que Jesús era el Mesías, el rey esperado para liberar a Israel del dominio romano, pero no lo entendían bien.
Jesús es verdad que era rey, “pero su Reino no era de este mundo”, tal como le dijo a Pilato. El predicó el Reino, su mensaje fundamental. Y vino a anunciar y a establecer el Reino de Dios. Hoy podemos llamarlo “la civilización del amor”.
El Reino de Dios, sin embargo comienza en este mundo, aunque todavía no había llegado a su plenitud. Es el “ya, pero todavía no”. En el Reino de Jesús es primero el que es el último, es decir el que sirve, no el que tiene poder.
En los evangelios vemos cómo muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó, porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde. En este sentido, San Agustín recuerda que “no dice que su Reino no está en nuestro mundo, sino que dice que no es de este mundo. No dice que su Reino no está aquí, sino que no es de aquí”.
Hemos de trabajar para construir el Reino de Dios en este mundo. Esto significa establecer unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, todavía no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, sin esperar que llegue pasivamente “el Reino de los cielos”.
Esto es lo que pide Jesús a Santiago y Juan: “beber el cáliz que Él ha de beber”. Contestan que sí, pero en ese momento no se dan cuenta de lo que estaban diciendo. Lo comprobarán cuando contemplen la muerte de Jesús y experimenten que ha resucitado. Santiago llegará el momento en que dará la vida por Cristo, cuando Herodes lo “hizo pasar a cuchillo”. En aquel momento sí que fue capaz de beber el cáliz de Cristo.
Jesús debe reinar en nuestro corazón. Solo así le seguiremos con todas nuestras fuerzas y podremos gozar de su amor. Un rey existe para servir al pueblo. Es su espíritu de servicio a la comunidad lo que justifica su ser. Así lo hizo Jesús, que tuvo como trono la cruz, como cetro una simple caña, como manto real una ridícula túnica de color púrpura y coronó su cabeza con una corona de espinas.
Él es el “siervo de Yahvé, que entregará su vida en expiación, como nos dice el profeta Isaías: Será triturado por el sufrimiento, pero justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Así alcanzaremos la misericordia y la gracia como sugiere la Carta a los Hebreos y pedimos en el Salmo 32: Que tu misericordia, Seños, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. Indudablemente, su Reino no era de este mundo, pero sí para este mundo.
Lo que importa es servir a Jesucristo y estar dispuesto a beber el cáliz con El. Lo que importa de verdad es servir como Jesús, amar como Jesús y entregarnos como El a la misión de transformar este mundo y anunciar su mensaje de Amor.
Servir no es sólo trabajar. Se puede trabajar amargado y con el corazón lleno de odio. Eso no es el servir cristiano. Servir es mirar a la persona y se hace algo por alguien a quien se considera hermano.
Servir es estar con los ojos abiertos para ver en qué puedo echar una mano, en que puedo ayudar, cómo puedo dar alegría. Al que tengo cerca.
Servir es atender a los demás en nuestra profesión con delicadeza y cariño. Es saber sonreír detrás de despacho, tras una ventanilla o en un mostrador.
Esta actitud de servicio nace de una gran indignación, y es ver como los “grandes” oprimen y tiranizan a los “pequeños”. Y en el grupo de Jesús no puede ser así: “Vosotros, nada de eso”. Aquí la grandeza se demuestra poniéndose a lavar pies, y los primeros puestos son puestos de servicio a los demás. Y Jesús es el que va a dar ejemplo de todo esto con su propia vida, con su entrega en la cruz y con su resurrección. Así enseña Jesús, con su vida y con su ejemplo: “el hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.
Pidasmole hoy al Señor la gracia de asemejarnos a El, para vivir colgados de la Cruz de cada día, abrazados a ella. Para morir a nuestras devilidades y a nuestra mediocridad y vivir en Cristo y para Cristo, para morir y resucitar, para saber perder la vida y así ganarla definitivamente.
Precisamente por esa humillación, Dios lo ensalzó. De ahí que diga San Pablo: “Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús, quien, existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, ante se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre.
Los mismos sentimientos que tú, Señor. El mismo deseo de pasar oculto, el mismo afán de entregarte a los planes de Dios, el mismo empeño en llevar tu decisión inicial hasta las últimas consecuencias. Estar dispuesto a la misma muerte por amor a ti. Y estar dispuesto también a no morir, a vivir día tras día el martirio escondido de una vida plenamente cristiana. Tener los mismos sentimientos que tú… Haz que así sea.
A pesar de nuestra miseria, despierta en nuestro corazón los mismos deseos, las mismas ilusiones de amor que tiene el tuyo.
Así lograremos, también nosotros, la gloria de vencer, de ser exaltados junto a Cristo, gozar de su inmenso triunfo. Una vida nueva y distinta. Una esperanza viva y siempre abierta. Poder cantar jubilosos el himno de los vencedores, la marcha triunfal de los que reinarán eternamente en la Tierra Prometida por Dios.
“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos”. Esa es la doctrina sublime y misteriosa del divino Maestro. No hay otro camino ni otra fórmula.
Ese es el itinerario que Cristo, nuestro Dios y Señor ha marcado con su misma vida. Él, siendo quien era, no consideró codiciable su propia grandeza divina y se despojó de su rango hasta hacerse un hombre más. Incluso, dentro de su condición humana, tomó la forma de siervo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Su humillación fue suprema y única, un camino claro, decidido y generoso para que nosotros lo recorramos con abnegación y con gozo. AMEN!


 

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