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Julio 12 – Anunciar y denunciar, el trabajo del verdadero profeta!

paisaje morado
A lo largo de todo el Antiguo Testamento el anuncio de la llegada de nuestro Salbador se vino dando por medio de los profetas y así es como llegamos ha meditar sobre la muerte del último de los seres escogidos por Dios para prepar este gran advenimiento.
El Evangelio de hoy nos narra la muerte de Juan el Bautista. El último de los profetas que anunció la llegada del Salvador.
Juan se encuentra en la cárcel por predicar la Verdad con sus palabras y su vida. Porque El como un verdadero profeta anunciaba la llegada del verdadero mesias, pero al mismo tiempo denunciaba lo podrido de la sociedad, denunciaba los escandalos del comportamiento de la gente de aquel tiempo.
Juan el Bautista no tubo miedo ni siquiera del gran rey Herodes. El Bautista denunció en el gran pecado que vivia Herodes, habiendo mandado a matar a su hermano para apoderarse de su mujer.
Juan no tiene miedo de los juicios humanos, las persecuciones, las calumnias ni de la muerte, pues, tienen una conciencia clara de su misión. La vida del Bautista se resume en la necesidad de obedecer a Dios antes que a los hombres.
Herodes sabía que san Juan era un hombre justo y santo, pero se dejó vencer por el orgullo propio, por el que dirán de mi si no hago lo que he prometido, por ese “nocivo” quedar bien ante los demás aún por encima de la verdad.
San Juan Bautista fue coherente con su vida y su predicación ya que era un hombre enamorado y temeroso de Dios. Temor reverencial y respetuoso no de ese temor que infunde miedo, de ese que si no hago lo que me pide Dios voy a terminar al infierno o del temor que un niño tiene a un padre malo.
El pasaje Evangélico inició con las respuestas que algunos daban a la pregunta implícita de ¿quién es Jesús? y esa misma pregunta la podemos replantear en nuestro interior: ¿quién es Jesús para mí? ¿quién es Jesús para tí?
Para el Bautista, Jesucristo era el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador que estábamos esperando. Juan pudo dar su vida por el Maestro sólo a través de esa experiencia profunda de la fe en Cristo.
!Cómo no reconocer que también en nuestro tiempo, en varias partes del mundo, profesar la fe cristiana exige el heroísmo de los mártires! ¡Cómo no decir, además, que por doquier, incluso donde no hay persecución, para vivir con coherencia el Evangelio hace falta pagar un alto precio!
Pidamos a Dios la gracia de vivir con coherencia nuestra fe, como dice san Sagrada Escritura: siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza.
San Juan dio testimonio de su fe en Jesucristo con la entrega de su propia vida. Cristo, por su parte, nos dio el testimonio más grande de amor al morir en la cruz por nosotros. ¿Yo qué haré por el Señor?…
El mandamiento que Jesús nos ha dejado es el de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo. De esta forma yo estoy llamado a testimoniar el amor de Cristo en mis hermanos. La caridad es el signo distintivo del cristiano.
Por lo tanto, la caridad debe resplandecer en mi trato con los demás, en mis relaciones familiares y laborales. Mi amor a Dios se concreta en la caridad hacia mis hermanos y en la fidelidad a mi conciencia. Porque es allí donde Dios nos habla….
Hoy como fruto de este domingo, de este estar aquí partecipando de esta santa Eucaristía, tratemos de hacer un esfuerzo especial por ser fiel a la voz de mi conciencia a pesar de las aparentes incomodidades que humanamente pueda encontrar. Recordar a lo largo de la semana la necesidad de obedecer a Dios antes que al mundo, obedecer a Dios antes al que dirán, antes que orgullo y vanagloria. No nos convirtamos en otros Herodes…
Muchas de las veces somos incapaces de tener piedad y sin embargo pedimos piedad, incapaces de tener comprensión y tolerancia, pero si las predimos para nosotros. Aplicamos la famosa “ley del embudo”: lo ancho para nosotros y lo angosto para los demás. Somos incapaces de llevar las cargas que exigimos a los demás.
De aquí la dureza de la predicación de Jesús contra los fariceos…
Así somos, así nos comportamos. No es tan solo el problema de Herodes. Es nuestro problema.
Sabemos en nuestro interior qué está bien y qué está mal, sin embargo muchas veces hacemos aquello que sabemos que está mal, solo por no perder nuestro poder, sin medir las consecuencias, sobre todo cuando estas recaen sobre otros.
Lo peor es que insistiendo en esta conducta, llegamos a acostumbrarnos. Nos volvemos cínicos, sin vergüenzas, caras duras.
Por este camino, no solo nos alejamos de nuestros hermanos y hermanas, sino que marcamos una distancia cada vez más infranqueable entre nosotros y Dios.
Así, vamos irremediablemente camino a la perdición.
También hoy el Señor te invita a su banquete para sanarte para ridarte tu dignidad de verdadero Hijo de Dios. AMEN!


 

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