St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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JUNIO 28 – “basta que tengas fe”

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El Libro de la Sabiduría nos recuerda que Dios ama la vida, sobre todo la vida de cada uno de nosotros sus hijos e hijas y no se recrea en la destrucción y en la muerte. Dios ha creado todas las cosas “para que simplemente sean, para que existan”. La muerte no entraba en los planes del Creador. Sin embargo, la muerte existe. El autor del Libro de la Sabiduría considera la muerte física como una consecuencia de la muerte moral o pecado.
Ninguna de las dos muertes existían en el principio. El universo creado por Dios era armonioso; no había en él criaturas maléficas ni dominaba sobre la tierra el poder del abismo, esto es de la muerte. El universo que Dios creo era el reino de la paz, tal como Isaías lo ve restaurado en el futuro mesiánico; pero el pecado de la soberbia del ser humano ha comprometido el orden del mundo y ha puesto en peligro la vida, ha introducido la muerte.
Los que practican la justicia, jamás morirán. Jesús en el evangelio nos muestra que está a favor de la vida.
Jesús nos cura por fuera y por dentro. Jesús actúa siempre sabiendo lo que hace y cura a los enfermos que creen en él, no importa de la nación que sean.
La fe también es decisiva en el caso de la hija del jefe de la sinagoga. La resurrección de la hija de Jairo acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo, Jesús se manifiesta como señor de la vida, con poder sobre la muerte.
Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte.
Nuestro Señor curó el cuerpo, porque el cuerpo es el templo del alma, de manera que curando exteriormente el cuerpo, dona también la sanación al espíritu. ¿Cuál fue la obra de Dios? Curó el flujo de sangre, curó al leproso, curó al paralítico. Todas son enfermedades del templo del Espíritu Santo, que es el cuerpo.
La cojera y la ceguera; pues todo el que no camina de forma recta por el camino de la vida, cojea. Es ciego asimismo quien no confía en Dios, todo el que es inconstante, mediocre y mendaz, todos ellos tienen manchas de lepra.
El evangelio es la puesta en práctica por parte de Jesús del proyecto de Dios para dar a todas las personas, felicidad terrena y vida eterna. Esta praxis se lleva a cabo a través del testimonio de fe de los dos personajes del Evangelio de hoy, personas que salieron revitalizadas de su encuentro con Jesús, que fueron reincorporadas a la vida, de la que estaban excluidas por su enfermedad.
De esta experiencia de vida, tenemos la certeza de que Dios lo único que desea para nosotros es nuestro bien, por ende nuestra felicidad.
Con absoluta certeza aquí le vemos al servicio de la vida y del bien de las personas y lo único necesario, se lo dice Jesús a Jairo: “basta que tengas fe”. Jesús se manifiesta como el que reincorpora a la vida y a la sociedad a las personas separadas, excluidas, marginadas, por cualquier motivo o razón, en este caso la enfermedad. Jesús está al servicio de la vida y del bien de todos.
En la Iglesia, todos somos continuadores de ese servicio de Jesús. Estamos llamados a trabajar por la vida y el bien de las personas. Ese es nuestro distintivo como creyentes, como cristianos, como seguidores de Jesús, como colaboradores del plan de Dios, que es vida y felicidad para todos sus hijos. No nos quedemos dormidos. Hoy Jesús nos coge de la mano y nos levanta. Pongámonos manos a la obra.
Dios en su infinito amor no se complace en el castigo, en el aniquilamiento del pecador, lo que busca es su conversión.
Después de la triste experiencia de Adán, Dios nos ha regenerado y nos ha llamado de nuevo a la unión estrecha con Él, a la amistad que satisface plenamente el alma. Y cuando le somos fieles, sentimos en nuestro espíritu una alegría que se desborda, una paz sublime, imposible de explicar.
La rebeldía contra Dios es una triste muerte del alma. Un paso firme hacia el tenebroso abismo.
La mujer enferma, sabe también que cuando llegue a tocar el borde de la túnica que viste el Maestro, quedará sana de su enfermedad vergonzosa. Y así ocurrió. Y así ocurrirá siempre que nos acerquemos hasta Jesús llenos de humildad y de arrepentimiento por nuestras faltas y pecados, confiando en su poder sin límites y en su bondad infinita.
Nuestro Señor está allí esperándonos para sanarnos, acerquémonos sin temor, a la fuente de la verdadera vida.
Así sea AMEN.


 

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