St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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JUNIO 07 – ESTOS SON MI, MADRE, HERMANOS Y HERMANAS

croce colorata
Queridos hermanos y hermanas, Dios es la raíz y el fin supremo de nuestra existencia y cada uno de nosotros llevamos en nuestro DNA el germen divino. Por ello, es justamente la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio de nuestra existencia.
Nuestra existencia y peregrnaje por este mundo están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Como Iglesia, como comunidad tenemos que seguir orando para que se elimine de la mentalidad del mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Espíritu Santo y que por el contrario, toda la humanidad se doblege a la acción santificadora y salvífica del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo a cada uno de nosotros sus frutos y sus dones. Ahora bien la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el ser humano, que reivindica un pretendido y absurdo derecho de perseverar en el mal, de permanecer en el pecado, rechazando así la Redención, la gracia que nos da la salvación.
El ser humano que se encierra en el pecado, hace imposible por su parte la conversión y por consiguiente, también el perdón de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida.
Esta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no nos permite salir de nuestra autoprisión y abrirnos así a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados.
La acción del Espíritu de la verdad, que nos lleva a la salvación, muchas de las veces encuentra en nosotros una condición de resistencia interior, como una especie de impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar “dureza de corazón”.
En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde sin lugar a dudas a la pérdida del sentido del pecado. De aquí la importancia de denunciar y afirmar con fuerza que el pecado de nuestro siglo es justamente esto “la pérdida del sentido del pecado” y lógicamente esta pérdida está acompañada por la pérdida del sentido de Dios.
Tenemos que luchar para que el pecado del hedonismo, narcisismo y egoísmo se elimine de nuestra sociedad, de nuestras familias y de nuestros corazones, no tenemos que permitir que el amor desenfrenado por el yo, por el egoísmo lleven al desprecio de Dios.
La Iglesia eleva sin cesar su oración y ejerce su ministerio para que la historia de las conciencias y la historia de las sociedades en la gran familia humana, jamás se dé el rechazo de los mandamientos de Dios hasta llegar al desprecio de Dios, sino que, por el contrario, se eleven hacia el amor en el que se manifiesta el Espíritu que da la verdadera vida, esto es la vida eterna, ya que por este mundo estamos simplemente de peregrinaje.
De este modo, las almas de buena voluntad se convierten bajo la acción del Paráclito, estas almas son conducidas, en cierto modo, fuera del ámbito del juicio: de aquel juicio mediante el cual, el Príncipe de este mundo ha sido juzgado con la resurrección de Cristo.
La conversión, en la profundidad de su misterio divino-humano, significa la ruptura de todo vínculo mediante el cual el pecado ata al ser humano. Los que se convierten, son conducidos por el Espíritu Santo fuera del ámbito del juicio e introducidos en aquella justicia, que está en Cristo Jesús, porque la recibe del Padre, como un reflejo de la santidad trinitaria.
Esta es la justicia del Evangelio y de la Redención, esta es la justicia del Sermón de la montaña y de la Cruz, que realiza la purificación de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padre da al Hijo y a todos aquellos, que se han unido a él en la verdad y en el amor.
Tenemos que pedir siempre la iluminación del Espíritu Santo, para poder entender las cosas fundamentales de la vida para nuestra salvación.
Los discípulos con la venida del Espíritu Santo, lograron entender muchas cosas esenciales de la fe.
Ellos por el amor a su Maestro y Amigo, llegaron hasta a sacrificar sus vidas, delante a los insultos, delante a los epítetos de exaltado y endemoniado, ellos jamás sintieron berguenza. Ellos con la gracia del Espíritu Santo lograron entender bien lo que significaba, ser amigos y no siervos.
Dichosos seremos si también nosotros nos encontramos en ese grupo de personas a las cuales Jesús hoy se dirigue en el Santo Evangelio, diciendo: estos son mi, madre, hermanos y hermanas. Si en nuestras conciencias sentimos estas palabras, es porque estamos trabajando por el Reino de Dios, si estas palabras hacen temblar nuestos corazones es porque estamos haciendo su santa voluntad y esto es lo que a Dios le gusta y esto es lo que nuestro Señor Jesucristo nos pide cada día.
Así sea! Amen.


 

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