St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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ABRIL 12 – ¡Señor mío y Dios mío!

TOMAS
De nuevo hoy, “a los ocho días”, nos volvemos a reunir como comunidad cristiana para celebrar la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. El Señor Resucitado atraviesa nuestros miedos y nuestras puertas cerradas para traernos su paz y su alegría.
De nuevo es Domingo, el Día del Señor, el día especial en el que los cristianos nos reunimos porque es el día de la resurrección. Y este día Jesús se hace presente de manera especial en la Eucaristía que celebramos juntos. Y nos vuelve a regalar su Espíritu Santo, un Espíritu que nos hace hermanos y hermanas en Cristo, que nos hace comunidad, Iglesia, que nos propone relacionarnos entre nosotros desde otras claves de lectura, desde otros puntos de vista.
En la “paz este con vosotros” se pone en juego toda nuestra existencia.
Jesús produce una auténtica transformación en aquel grupo de discípulos, encerrados por miedo a acabar como su maestro, pero que se dan cuenta de que sigue vivo. Y les da el don del Espíritu Santo para que entiendan todo lo que les ha enseñado y explicando durante tres años. Y también les encomienda la tarea de reconciliar a toda la humanidad con Dios, que es Padre de todos.
Ahora hay mucho que hacer, hay que decir a todos que Jesús ha resucitado, que está vivo, que es el verdadero Mesías.
Los discípulos salen a evangelizar enviados por Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo.
Los discípulos se vuelven a reunir al domingo siguiente. Desde ese momento, el domingo siempre será día de reunión de los cristianos, en torno al resucitado. Esta vez sí que está Tomas, al que Jesús se dirige de manera especial, para que no sea incrédulo, sino creyente.
Tomás hace una confesión de fe única en todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. A partir de ese momento no volverá a dudar, sino que reconocerá en Jesús al mismo Dios.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. Daban testimonio de la resurrección del Señor no sólo con sus palabras, sino con su forma de vivir.
Esto es lo que se nos dice en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo”. Esta es la comunidad cristiana ideal, a la que todos los cristianos debemos aspirar: amarnos no sólo con palabras, sino con hechos.
La forma que tenían las primeras comunidades cristianas de dar testimonio de la resurrección de Jesucristo era, según se nos dice en esta lectura, amarse unos a otros, de pensamiento y de obra. Así es como debemos también nosotros dar hoy testimonio de la resurrección del Señor.
Cada domingo, el Señor Resucitado quiere entrar en nuestro corazón, cerrado por el miedo, por el egoísmo, para traernos su paz y su alegría. Cada domingo, el Espíritu Santo nos convoca para reunirnos como comunidad cristiana, como comunidad de hermanos y hermanas, y poner en común lo que somos y lo que tenemos.
Cada domingo, la Iglesia, la comunidad reunida, es el signo de la presencia del Resucitado en medio de nosotros. Que esta Buena Noticia que celebramos cada domingo no nos la guardemos para nosotros, sino que, como decía el evangelista San Juan, “todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Ellos necesitaron ver para creer en la resurrección de Jesús.
Los discípulos de Emaús creyeron cuando lo reconocieron al partir el pan.
Juan “vio y creyó” cuando bajó al sepulcro y vio que estaba allí el sudario y las vendas, “pues hasta entonces no habían comprendido que, según las Escrituras Jesús debía resucitar de entre los muertos”.
Pablo creyó cuando vio a Jesús en el camino de Damasco; los discípulos creyeron y se llenaron de alegría aquel primer día de la semana, cuando estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos y le vieron aparecer de pronto.
Tomás no creyó entonces, porque él no estaba allí en aquel momento y no pudo verlo, pero creyó cuando, a los ocho días, vio las manos de Jesús Resucitado.
Para nosotros, ver a Jesús con los ojos de la fe, es sentir viva la presencia de Jesús en nuestra alma y así convertirnos en bienaventurados “Dichosos los que crean sin haber visto”. Jesús aquí proclama la bienaventuranza del resucitado: La fe es un don que nace de la confianza en “Alguien” que no puede fallarnos.
No hace falta verle físicamente para creer en El. La misión que Jesús nos encomienda es ser “apóstoles”, es decir sentirnos “enviados” a proclamar que “hemos visto al Señor”.
Queridos en Cristo Resucitado, en este tiempo pascual dirijámonos a Jesucristo glorificado y pidámosle que aumente nuestra fe, para así poder responder a las interrogantes de nuestro tiempo.
Que también nosotros seamos capaces de hacer nuestra propia profesión de fe, así como San Tomás lo izo, que también nosotros seamos capaces de proclamar con fuerza y coraje: “¡Señor mío y Dios mío!” aquí y ahora. Amén.


 

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