St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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Marzo 15 – Cristo luz del mundo.

V dome quares
Cada vez que leo la Palabra de Dios me asombro de lo necios y de lo torpes que somos las personas para cometer los mismos errores una generación tras otra. Sin lugar a dudas que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, y es verdad, porque el desconocimiento de lo que otros hicieron nos lleva a tropezar en los mismos errores.
Ha esto nos invita a meditar el Libro de las Crónicas. El cronista del pueblo de Israel en menos de 10 versículos, nos presenta un denso resumen de un capítulo bastante duro y difícil de la historia del pueblo Israelita, como fue su destierro a Babilonia. Y es de agradecer, porque la historia se convierte así en “maestra de la vida”, es decir, nos enseña cómo vivir hoy, sin cometer los errores de ayer.
Durante toda la Cuaresma hemos recordado que Dios ha hecho un pacto con nosotros: Él nos cuidará y nos protegerá y nosotros viviremos conforme al mandamiento del amor, nos cuidaremos unos a otros, y cuidaremos también del mundo que Dios nos ha dado para vivir.
Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo. Y también hemos recordado las muchas infidelidades que de nuestra parte hemos cometido, a este pacto. Tanto es así que la escritura nos cuenta que la situación se hizo insostenible. Dios enviaba a sus mensajeros, los profetas, que recordaban la alianza, pero el pueblo se reía de ellos hasta tal punto, que ya no hubo remedio.
Dios que es fiel y que también es consecuente con el hecho de habernos dado el don de la libertad, se muestra ahora compasivo y misericordioso y da una nueva oportunidad a su pueblo para que viva conforme a la alianza hecha con Él. Y no lo hace por los méritos del pueblo, ni por sus buenas obras, sino por puro amor. Dios es gracia y su amor es gratis.
La Sagrada Escritura nos dice que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos ha resucitado con Cristo”; y también: “Estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios”.

Y es que el gran regalo de Dios a nosotros, su pueblo, fue su hijo Jesús. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Sin lugar a dudas que éste es uno de los versículos más hermosos y más importantes de toda la Biblia. Dios es amor y lo demuestra una y otra vez con iniciativas y proyectos de amor dirigidos a nosotros. Y Jesucristo, muerto y resucitado, es la prueba.
Mirar la cruz con amor es acoger el amor de Dios en nuestras vidas y decidirnos por Él. Es acercarnos a la luz, y convertirnos nosotros también en luz para nuestros hermanos y hermanas.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Cristo es la luz y nos ofrece ser nosotros también luz, acogiéndole a Él. No entra en sus planes la condena de nadie, sino la salvación de todos. Nuestra respuesta ha de nacer de una fe madura que ha hecho una opción personal por seguir a Jesucristo, muerto y resucitado. No somos cristianos “porque toca”, o porque “es lo normal”, o porque “me lo han enseñado así”.
La fe es personal, pero vivida comunitariamente. De esta manera Dios renueva su alianza con cada cristiano y con la Iglesia, que somos hoy su pueblo, por quienes Dios se compromete y hace, de nuevo, el mismo pacto que con nuestros antepasados.
Que no nos pase como al pueblo de Israel. Que no nos olvidemos de Dios en nuestra vida, el Dios fiel, el Dios liberador, el Dios de la alianza, el Dios compasivo y misericordioso con su pueblo. Que la historia del pueblo de Israel se convierta en lección de vida para vivir hoy nuestra propia historia como nuevo pueblo de Dios, sin cometer los mismos errores que otros cometieron, y aprender a vivir en fidelidad a Dios.
Que la Cuaresma que estamos viviendo nos acerque más a ese Dios que, por amor a todos y cada uno de nosotros, entregó a su Hijo. Que nuestra respuesta sea una vida bondadosa y generosa con todos, haciendo del mandamiento del amor nuestra norma universal.

Por pura gracia estáis salvados. En esta carta del apóstol Pablo se nos repite la idea que venimos comentando: la vida, muerte y resurrección de Cristo nos han salvado; si nosotros nos asociamos a la vida y muerte de Cristo, resucitaremos con él. Dios nos ha re-creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras.
Nuestra fe en Cristo debe ser una fe activa y comprometida. No debemos confundir nunca la fe con la simple creencia. Hoy día oímos decir frecuentemente: yo soy cristiano pero no practicante. Pues no, si no practicas, no eres cristiano; tendrás creencias cristianas, pero no eres cristiano, porque ser cristiano supone fe y obras. Como en cualquier otra religión, y en otras muchas profesiones de la vida, el ser ontológico supone creer y obrar. Nos parecería ridículo decir: yo soy futbolista, pero no juego al fútbol, o soy panadero, pero no hago, ni vendo pan. El ser cristiano no es un título, ni siquiera una profesión; es una vida vivida al estilo de Cristo. Hagamos, pues, de nuestra fe una vida; dejémonos salvar por la gracia de Cristo, tratando de vivir como él.
La luz y la verdad. Frente a las tinieblas, que se presentan aquí como una personificación del mal, se alza la luz que es el mismo Hijo de Dios en persona. La venida de la luz al mundo denuncia la existencia de las tinieblas y, aunque el hijo de Dios no viene a juzgar a nadie, su presencia establece inevitablemente un juicio. La luz y, por lo tanto, la proclamación del evangelio cuestiona a los hombres y mujeres, les obliga a decidir entre la fe y la salvación, o la incredulidad y la perdición. Muchos se deciden por la incredulidad por ende la perdición, porque sus obras no son buenas.
Para San Juan la verdad, lo mismo que la mentira, no son dos teorías opuestas, sino dos modos contradictorios de vivir. Los que obran perversamente se oponen a la verdad con la mentira de su vida y esconden sus malas obras huyendo de la luz. En cambio, los que viven en la verdad buscan la luz, para que se vean sus obras buenas, ellos son luz que iluminan nuestros pasos. Amén.


 

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