St. Paul's Within the Walls Episcopal Church

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Marzo 01 – Disfrutar un pedacito de Cielo en la tierra!

eucarist
En medio del camino cuaresmal, nuestro Señor anuncia a sus discípulos lo que en pocas semanas sucederá, esto es su pasión, muerte y resurrección; por esto he pensado importante detenernos un momento en la vía cuaresmal y meditar sobre el misterio más importante para la vida de un cristiano, esto es el gran misterio de la Santa Eucaristía.
En el sacrificio eucarístico conocemos perfectamente a Cristo. Allí se hace firme nuestra fe, y nos fortalecemos para confesar abiertamente que Jesucristo es el Mesías, el Unigénito de Dios, que ha venido para la salvación de todos.
La Santa Eucaristía es ofrecida por los sacerdotes y también por cada uno de ustedes, pues, por el carácter que se imprimió en nuestras almas en el momento del Bautismo participamos del sacerdocio mismo de Cristo, aunque esta participación sea esencialmente diferente de la de quienes han recibido el sacramento del Orden.
Solo por las palabras del sacerdote en cuanto representa a Cristo, en el momento de la Consagración se hace presente el mismo Cristo sobre el altar, pero todos y cada uno de ustedes participan en esta alabanza, oblación que se hace a Dios Padre para bien de toda la Iglesia. Juntamente con el sacerdote ofrecemos el sacrificio, uniéndose a sus intenciones de petición, de reparación, de adoración y de acción de gracias; más aún, todos juntos nos unimos al mismo Cristo, Sacerdote eterno y a toda nuestra Iglesia.
En la Eucaristía podemos todas las cosas creadas y todas nuestras obras: el trabajo, el dolor, la vida familiar, la fatiga y el cansancio, las iniciativas pastorales que queremos llevar a cabo en nuestro diario caminar…
En el “presentemos al Señor con alegría las ofrendas y oblaciones de nuestra vida y de nuestro trabajo”, no estamos diciendo más que, Aquí estoy Señor con todo lo que soy y con todo lo que tengo; es un momento muy adecuado para presentar nuestras ofrendas personales, que se unen entonces al sacrificio de Cristo. De esta manera nos identificamos más con Cristo en medio de la vida corriente, no solo ofreceremos las realidades de nuestra existencia, sino que nos ofreceremos a nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestro ser.

Debemos llenar de contenido, y de oración personal, las diferentes oraciones que se repiten en cada Eucaristía. Acudimos a la Santa Eucaristía para hacer nuestro su Sacrificio único, de infinito valor. Nos lo apropiamos y nos presentamos ante la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Todo lo suyo se hace nuestro. Y todo lo nuestro se hace suyo: oración, trabajo, alegrías, pensamientos y deseos, que entonces adquieren una dimensión sobrenatural y eterna. Todo cuanto hacemos adquiere valor en la medida en que se ofrece con Cristo, Sacerdote y Víctima, sobre el altar. Cuando buscamos esta intimidad con el Señor, en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos aun los más insignificantes adquieren un alcance eterno, porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz.
Nuestra participación en la Santa Eucaristía culmina en la Sagrada Comunión, la más plena identificación con Cristo que jamás pudimos soñar. Nunca los Apóstoles, antes de la institución de la Sagrada Eucaristía el juves Santo, en los años en los que recorrieron Palestina con Jesús, pudieron gustar una intimidad con Él como la que tenemos nosotros después de comulgar.
Pensemos ahora cómo es nuestra Eucaristía, cómo son nuestras comuniones. Si procuramos prepararlas bien, si rechazamos con prontitud cualquier distracción voluntaria, si hacemos muchos actos de fe y de amor, si en nuestra alma se hace realidad, en frecuentes momentos, esa exclamación llena de fe de San Pedro: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente.
La Eucaristía es el más importante y provechoso de nuestros encuentros personales con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues toda la Trinidad se encuentra presente en el sacrificio eucarístico, y es el mejor modo, y el más grato a Dios, de corresponder al amor divino. La Eucaristía es el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. De modo semejante a como los radios de un círculo convergen, todos, en su centro, así todas nuestras acciones, nuestras palabras y pensamientos han de centrarse en el Sacrificio del Altar. Allí adquiere valor redentor todo lo que hacemos. Por eso ayuda tanto a la vida cristiana el renovar el ofrecimiento de obras durante la Eucaristía.
El trabajo estará mejor realizado si pensamos que lo hemos puesto en el cáliz y la patena que presenta el Sacerdote,
Sucederá lo mismo con las demás realidades del día a día: los pequeños sacrificios de toda vida familiar, la fatiga y el dolor…
Para conseguir los frutos que el Señor nos quiere dar en cada Celebración Eucarística, debemos, además, cuidar la preparación del alma, la participación en los ritos litúrgicos, que ha de ser consciente, piadosa y activa. Para ello, debemos cuidar la puntualidad, que es la primera muestra de delicadeza para con Dios y para con los demás hermanos y hermanas, el arreglo personal, el modo de estar sentados o de rodillas…, como quien está ante su Amigo, pero también ante su Dios y su Señor, con la reverencia y el respeto debido, que es señal de fe y de amor. Y seguir los ritos de la acción litúrgica, haciendo propias las aclamaciones, los cantos, los silencios las oración, etc… sin prisas, llenando de actos de fe y de amor toda la Celebración, pero particularmente el momento de la Consagración, viviendo cada una de las partes, pidiendo de corazón perdón al pronunciar el acto penitencial, escuchando con atención las lecturas…
Y si vivimos con piedad, con amor, el Santo Sacrificio, saldremos a la calle con una inmensa alegría, firmemente dispuestos a mostrar con obras la vibración de nuestra fe.
Cargando nuestra cruz, negándonos a sí mismo y siguiendo a Cristo significa renunciar a los caminos fáciles y egoístas del tener, del poder, del triunfo egoista, etc., que nos brinda la sociedad consumista para conseguir la felicidad.
Buscar, con la guía de Jesús, alternativas solidarias y justas, que nos hagan crecer como personas, y nos ayuden a vivir como personas libres.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” Los seguidores fieles de Jesús renuncian a la competitividad por el poder y riquezas, y optan, como Jesús, por el servicio a los excluidos del mundo. Saben bien que quien abraza la cruz del amor fraternal experimenta la presencia de un Dios, grande en misericordia y rico en piedad. AMEN.


 

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