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Febrero 15 – “Este es mi hijo amado. Eescuchadlo”

posts-icon-transfigurationNo alargues la mano contra tu hijo, ni le hagas nada. Abrahán había salido triunfante de la prueba de fe que le había puesto el Señor. Eso era suficiente; el Señor, su Dios, nunca había querido, ni quería ahora, sacrificios humanos. Eso era propio de pueblos idólatras, que no conocían la bondad y la misericordia del Dios de Israel.

¡Las pruebas de la fe! Todos tenemos momentos de pesar, momentos tristes, en los que nos resulta difícil ver la mano bondadosa del Señor. Pero, aún en los momentos de mayor oscuridad y desdicha, no debemos perder nunca el convencimiento y la seguridad de que Dios sigue siendo bondadoso y benevolente con nosotros. Las pruebas de la vida, las dificultades deben reforzar nuestra fe, nunca destruirla.

Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Así concluye el capítulo 8 de la Carta a los Romanos. El amor de Dios al sus criaturas a cada uno de nosotros llega hasta el extremo, donando su propio hijo a la muerte.

La muerte de Cristo, se dio por ti, por mí, por la humanidad entera. Es muy importa destacar las conclusiones paulinas:

El que nos dio a su Hijo y con él nos lo dio todo, ¿cómo no nos dará lo que le pidamos? El que no perdonó a su Hijo por nosotros, ¿cómo no nos perdonará a nosotros? Si por salvarnos a nosotros dejó que condenaran a su Hijo, ¿cómo nos va El a condenar? Diríamos que Dios, entre su Hijo y nosotros, nos prefirió a nosotros. ¿Cómo no lo vamos a esperar todo de El?

Si está Dios con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Eso les decía San Pablo a los primeros cristianos de Roma, eso mismo repetía Santa Teresa de Ávila: quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta.

No siempre nos va a resultar fácil sentir y decir esto, pero la fortaleza de nuestra fe debe suplir en estos casos la debilidad de nuestra voluntad y de nuestro entendimiento.

Para conseguirlo, unámonos al salmista y pidamos todos los días, que se nos permita caminar siempre en la presencia del Señor. Cristo, nuestro hermano mayor, así lo hizo y así nos lo enseñó.

La vivencia de Abraham y la de Jesús en el evangelio de hoy, tienen como punto común una experiencia de Dios basada en la oración. Ambos ESCUCHAN a Dios y ambos obedecen, porque ambos tienen su confianza puesta en Él. Esa escucha obediente y esa disponibilidad para llevar adelante los planes de Dios son el camino para la salvación. Y ambos la experimentan, pero, eso sí, no sin pasar por dificultades, no sin obviar la cruz.

La transfiguración de Jesús es la consecuencia de su experiencia de Dios. Jesús nos muestra como es Dios. No es un Dios que quiere el mal de las personas, todo lo contrario. Los momentos de oración de Jesús le han hecho descubrir a un Dios enamorado de las personas. Es un Dios que nos quiere, que quiere a Jesús: “este es mi Hijo amado”, le dice. Y también lo dice de todos nosotros.

Somos sus hijos y nos quiere con inefable amor y esta realidad la ha experimentado Jesús en su vida. Por eso, por esa gran confianza, va a llevar hasta las últimas consecuencias el plan de Dios, aunque eso le lleve a pasar por la cruz. Jesús con valentía va a recorrer su camino hasta el final. La vida que se nos da en la resurrección, y que Jesús nos muestra con su transfiguración, va a pasar antes por la entrega total en la muerte de cruz.

Yo creo que el secreto de esta experiencia de Dios es la escucha, una escucha empapada de confianza. Marcos nos había presentado a Jesús en su bautismo con una misma “voz del cielo” que decía: “este es mi hijo amado”. Lo que hoy nos añade es: “escuchadlo”. Esa es la experiencia de Abraham, de Jesús y de tantos hombres y mujeres que han llevado adelante el proyecto de Dios. La cuestión será si tú y yo somos también de esos, o nos dejamos arrastrar por otras voces engañosas.

Los caminos y los planes de Dios están llenos de paradojas, a veces son insospechados, son caminos que nosotros ni siquiera nos imaginamos y que no los transitaríamos ni en sueños. Pero esa escucha de Dios y esa disponibilidad para sus planes hacen posible que la alianza entre Dios y las personas se lleve a cabo, que la salvación de Dios llegue a todos, aunque los caminos estén llenos de incomprensiones y momentos de dificultad.

San Pablo es otro de los que experimentan el amor de Dios, ¡y con qué fuerza! Dios nos ha dado a su Hijo para nuestra salvación, porque Dios es amor. Dios se ha comprometido con nosotros, está de nuestra parte. Entonces, “¿quién estará contra nosotros?”, dice San Pablo. Por eso, al final de este capítulo (aunque no aparece en el texto de la liturgia), San Pablo acaba diciendo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?… Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

Querido hermano, querida hermana. Quizá, también nosotros en este momento, escuchando y meditando la Palabra de Dios, estemos experimentando un pequeño “Tabor”, un momento donde sentimos a Jesús cerca de nosotros, transfigurado. Pero ahora después hemos de volver al camino de la vida. Jesús baja de la montaña y vuelve a su camino hacia Jerusalén, donde sabe lo que le espera. Los discípulos están desconcertados, porque no saben bien lo que ha pasado. Pero después de esta experiencia, Jesús, sus discípulos y también nosotros experimentaremos la vida y sus dificultades de otra manera. Será cuestión de agudizar el oído, de estar atentos a los planes de Dios, de ESCUCHARLE y mostrarnos disponibles, con mucha confianza, como la de un hijo con su Padre.

La resurrección de Jesús es la gran Buena Noticia para toda la humanidad, porque le da un sentido nuevo a nuestras vidas. Procuremos no olvidarlo en este camino cuaresmal que iniciaremos el miércoles con la ceniza, la cuaresma no es, ni más ni menos, que una imagen del camino de nuestra propia vida. AMEN!


 

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